Los supermercados y perfumerías son las principales víctimas de los ladrones reincidentes.

Los robos en comercios están a la orden del día en nuestro país, con un ritmo de denuncias que no baja de las 700.000 al año desde 2014. Botellas de vino, jamón, perfumes, pequeños electrodomésticos, ropa de marca… Un rosario de hurtos de todo tipo y condición que suponen más de 1.800 millones en pérdidas para un sector que se siente «indefenso» ante la «impunidad» con la que actúan los ladrones, la mayoría multireincidentes. «Tenemos un problema muy serio con este tipo de hurtos, perpetrados en la mayor parte de los casos por auténticas bandas organizadas que se dedican a robar productos de ‘alto standing’ fáciles de colocar después en el mercado negro. Hablamos, por ejemplo, de artículos de perfumería (maquillajes, cremas, perfumes…), bebidas (vinos de reserva, licores de alta graduación…), piezas de ibéricos (jamón, chorizo, lomo…) o accesorios de moda (pendientes, collares, gafas de sol…)», denuncia el presidente de Confederación Española de Comercio (CEC), Pedro Campo.

Según los datos que maneja la Confederación Española de Organizaciones Empresariales (CEOE), ocho de cada diez robos en supermercados –el sector más castigado por los amigos de lo ajeno, junto con las perfumerías– «son responsabilidad de bandas de ladrones profesionales que hacen del hurto su modo de vida. Funcionan como una organización criminal, en la que cada uno de sus miembros tiene una tarea asignada; desde la gestión de la logística para cometer el robo hasta el almacenaje y posterior reventa de los artículos sustraídos», explican en la Comisión de Competitividad, Comercio y Consumo de la patronal.

10 botellas bajo el neopreno.

 

«No se trata de personas que roban por necesidad. Son como abogados, auténticos expertos en leyes que se las saben todas para evitar entrar en la cárcel o pagar las multas que se les imponen. La dificultad con la que nos encontramos los comerciantes es que no existe una herramienta jurídica para luchar contra la reincidencia en el hurto de menos de 400 euros», lamenta Pedro Campo. De ahí que la todopoderosa asociación de fabricantes y distribuidores AECOC, una de las mayores agrupaciones empresariales del país, reclame una reforma del Código Penal y de la Ley de Enjuiciamiento Criminal para «que la acumulación de delitos se castigue con penas de prisión y se gane operatividad en los procedimientos judiciales».

Los comerciantes insisten en que «el actual sistema de multas no resulta efectivo para solucionar el problema de la profesionalización de los hurtos» y exponen a modo de escaparate los casos más llamativos de ladrones reincidentes registrados en los últimos años en diferentes comunidades autónomas. «El ‘caso Pichar‘ es un ejemplo muy claro de hasta qué punto compensa a algunas bandas asumir el pago una multa como parte del canon que pagan por tener esa profesión», argumentan en la CEOE. Se trata de una banda formada por cinco personas que se dedican al robo de botellas de alcohol en las provincias de Valencia y Alicante. Han sido denunciados 24 veces por una cadena de supermercados desde agosto de 2015 hasta julio de 2018 por la sustracción de productos por valor de 6.000 euros. Las sanciones impuestas en los 23 juicios celebrados desde entonces ascienden a 5.600 euros.

Otro caso que llama la atención de los comerciantes es el de ‘Perlita’, una joven de 19 años que se dedica a robar botellas de alcohol (a veces junto a otras personas) y que ha sido denunciada hasta en 73 ocasiones por una cadena de supermercados en el plazo de dos años. «Va siempre indocumentada y no ha pagado ni un solo euro de los más de 10.000 que se le han impuesto en multas. De los 48 juicios a los que ha sido convocada, solo ha asistido a dos». Hay más. El ‘caso Mirela’ (20 denuncias por robos en supermercados. A veces actúa con ‘Perlita’); el caso ‘Gato’ (44 denuncias). Es un hombre que hurta licores con un curioso ‘modus operandi’. «Introduce unas diez botellas en un traje de neopreno que lleva bajo la ropa, paga dos sacos de arena de gato y se marcha».

LOS ‘MODUS OPERANDI’ MÁS HABITUALES

Chiclees un tipo de hurto que se da sobre todo en joyerías, explican en la Policía Nacional. «El delincuente pega un chicle bajo el mostrador y cuando le muestran las piezas, roba una y la pega a la goma de mascar. Después, un cómplice entra al comercio haciéndose pasar por cliente y recoge la joya pegada en el chicle». Muleta los delincuentes se sirven de cualquier instrumento (desde un pañuelo a un capote) para distraer al comerciante y ocultar el objeto que quieren robar. Bolsa recubierta con papel de aluminio en el interior este tipo de bolsas de fabricación casera evitan el funcionamiento de los chips de seguridad instalados en el artículo al pasar por el arco detector de la puerta del comercio. «En algún caso se ha llegado a detectar el uso de inhibidores de frecuencia para evitar que salte la alarma», precisan. Ganzúas e imánes se usan para retirar las alarmas de las prendas. Hurto ‘mágico’ consiste en comprar un producto barato y pagarlo en efectivo con un billete ‘grande’. Cuando el vendedor entrega el cambio, el delincuente «comienza a generar confusión y se muestra disconforme». Finalmente, solicita la devolución de su billete, pero sin entregar al comerciante la totalidad de las vueltas. Hurto con menores mientras los adultos distraen a la víctima, los niños aprovechan su menor estatura para acceder a zonas privadas de la tienda como el almacén, vestiarios o el mostrador. Bolsilleros son grupo de personas muy habilidosas que meten la mano en bolsos para robar carteras, móviles o cualquier objeto de valor. Ropa ancha es un clásico. Consiste en vestirse con ropa holgada para ocultar los productos bajo las prendas.

Fuente: El Correo